sábado, 10 de mayo de 2008

En las garras de Al Qaeda



Un informático iraquí pasó ocho días secuestrado en las mazmorras de una célula 'yihadista'. Sufrió torturas e intentaron matarle. Éste es su testimonio
Se ha convertido en un hombre sin rostro y sin patria que se protege tras las iniciales A. al S. Los golpes que recibió mientras estuvo en manos de Al Qaeda en Mesopotamia han curado hace meses, pero las cicatrices psicológicas le han convertido en una persona solitaria que a cada rato mira a sus espaldas. Cambia de domicilio con frecuencia, y sólo se relaciona con un puñado de iraquíes a los que conoce desde antes de abandonar su país. Sus secuestradores fueron muy claros: "Si no aceptas trabajar para nosotros, vete de Irak y no vuelvas".

Demuéstranos que eres suní o te matamos". Durante ocho días, los encapuchados que tuvieron secuestrado a este informático de 38 años repitieron sin cesar la amenaza. "Regresaba a casa de la oficina cuando en la calle cinco hombres enmascarados y armados me obligaron a parar el coche y me pidieron el carné de identidad. Una vez que confirmaron que era la persona que buscaban, me vendaron los ojos, me ataron las manos a la espalda y me metieron en el asiento trasero", rememora en la capital de un país vecino donde ha encontrado refugio. Era el 25 de enero de 2007, una fecha que no podrá olvidar.

"No me dieron explicaciones, dijeron que íbamos a la sede del Gobierno Islámico de Irak. El trayecto duró veinte minutos, por lo que imagino que me llevaron a uno de los barrios en los que la insurgencia afiliada a Al Qaeda en Mesopotamia había proclamado un Estado Islámico". El viaje terminó en una casa en la que esperaban otros siete u ocho hombres, todos armados y con los rostros cubiertos.

"Me quitaron la venda de los ojos y me preguntaron si sabía quiénes eran. Les dije que el Ejército del Mahdi [la milicia del chií Múqtada al Sáder], pero me dijeron que no, que eran de Tawhid Wa al Yihad", el grupo de Abú Musab al Zarqaui, que desde octubre de 2004 pasó a conocerse como Al Qaeda en Mesopotamia. "Soy Abú Husam, el líder de esta célula, me dijo el cabecilla antes de acusarme de trabajar con el ejército norteamericano y el Ministerio del Interior, y preguntarme si tenía negocios con renegados [en referencia a los chiíes, a quienes los fanáticos suníes consideran herejes]".

"También me preguntaron si era suní o chií. Cuando les respondí que suní, me dijeron que lo probara o me matarían. Cogieron mi móvil y empezaron a llamar a mi familia para decirles que me tenían en su poder, que estaban haciendo unas averiguaciones y que no se preocuparan porque ellos eran buena gente. Después seleccionaron números al azar, y a quien respondía le preguntaban: ¿es S. suní o chií?".

Algunos interlocutores colgaron sin responder; otros, tal vez sospechando lo que pasaba, dijeron que no era ni suní ni chií, sino musulmán; por fin, un amigo al que su hermana había logrado alertar de lo que pasaba dijo que era suní. "Entonces le pidieron que encontrara a dos suníes que lo atestiguaran, para lo cual sólo les valía la palabra de dos miembros de Al Qaeda", desgrana S.

Su amigo se puso a buscar gente, pero, mientras, los secuestradores llamaron a otro número. Para su desgracia, un amigo -tal vez temiendo, como él inicialmente, que al ser suní le hubieran capturado chiíes- respondió que era chií. "Temí que me mataran en ese mismo momento. Me acusaron de ser un mentiroso. Yo lo negaba, pero no servía de nada", relata con la voz temblorosa.

Entonces empezó lo peor. "Me dieron unas cadenas y me pidieron que me flagelara como los chiíes, a lo cual me negué. Al final me dejaron, pero a la mañana siguiente volvieron a repetirme que debía probar que era suní o me matarían. Me vendaron los ojos, volvieron a atarme las manos y vinieron cinco personas a azotarme para que dijera la verdad. Perdí la noción del tiempo. Cuando acabaron tenía sangre por todo el cuerpo y no podía ni mantenerme de pie".

Tampoco pararon al día siguiente. Las mismas preguntas. Le dijeron que un amigo con el que trabajaba le había denunciado. Fue entonces cuando S. entendió que había sido su socio. Ambos regentaban una compañía informática, y su negativa a pagarle su participación cuando tuvo que huir de Irak terminó de confirmarle esa sospecha. "Al día siguiente vinieron para matarme; me ataron, me encapucharon, me obligaron a arrodillarme y me pusieron una pistola en la sien. Entonces, el verdugo apretó el gatillo varias veces, pero la pistola falló. Llamaron al jeque y le explicaron lo sucedido. Abú Husam les dijo que repitieran las comprobaciones porque a lo mejor yo era un buen musulmán y lo sucedido era un signo de su error. Me reconocieron que se equivocaban en un 20% de las ocasiones.

Habían pasado seis días desde que S. llegó a ese centro de detención clandestino y aún le quedaban 48 horas de horror hasta que sus captores le liberaran a cambio de 100.000 dólares, que su familia reunió a toda prisa. Hubo tiempo para una nueva ejecución fallida, y para que llamaran a un matarife que debía degollarle, a lo que se negó aduciendo que estaba cansado. Tal vez sólo fuera parte de las torturas, pero él llegó a verse muerto y ahora tiene la sensación de vivir una prórroga.

Al final, sus captores llegaron a la conclusión de que era de confianza y le pidieron que colaborara con ellos identificando a chiíes. "Me negué diciéndoles que no tenía ninguna información que ofrecerles. Entonces me conminaron a que me fuera de Irak". Le abandonaron ensangrentado en una acera con 500 dinares para el taxi. "Aún no sé por qué me liberaron; me dijeron que era el primero en salir con vida de aquella casa", concluye.

En ningún momento notó tensión entre sus captores. "Todos se mostraban felices; les han lavado el cerebro y están convencidos de que matar es un mandato de Dios. El que mata a 25 alcanza el grado de jeque; con más se llega a emir, y finalmente, a emir de emires. Eso es lo que era Al Zarqaui, uno de los dirigentes más sanguinarios de la insurgencia iraquí, a pesar de ser jordano. Los secuestradores de S. tenían acento iraquí "de fuera de Bagdad", excepto uno, al que se refiere como musawi, un término despectivo con el que los iraquíes designan a los chiíes iraníes.

"Nunca discutas con fanaticos politicos o religiosos, ellos son dueños de tu verdad". (Abel Desestress)